Un silencio. Dos miradas que se cruzan. Tres palabras que
salen de su boca. "Esto es Mamihlapinatapai". Tuve que
apartarme el cigarrillo de la boca para soltar la carcajada que, producto de la
sorpresa, me fue inevitable resistir. Advierto recién ante su conclusión que entre charlas, risas y cervezas... ya estaba amaneciendo (en el camping que improvisamos
en su terraza para mirar las estrellas.) Tras mi risa, me volvió a mirar unos segundos sin decir nada. En
seguida, se volvió a acurrucar en mi pecho, sonrió y volvió a apartar su
mirada. Como quien no se atreve a decir algo más.
No me contuve. ¿Mami-qué?
Se lo tuve que preguntar.
Pedí
disculpas por la ignorancia y la falta de memoria que me hizo imposible
recordar cómo terminaba de pronunciarse aquello que parecía más inventado que real.
Cuando se lo pregunté, me volvió a mirar. Y fue ahí cuando decidió acortar nuestras distancias. Trepo por mi cuerpo hasta darme un beso en la frente. Y decidió devolverme así, un poco del calor que hace tiempo, había olvidado cómo se sentía.
Y no fue exactamente por el frio que voluntariamente habíamos aceptado pasar esa noche casi a la intemperie. Y aunque no me explicó el significado de la palabra, hasta el día siguienteme lo hizo sentir.
Porque esa noche, en la que solo volvió a repetirme la palabra al odio, como para que no la olvidara... no solo me recordó como era sentirse deseada, si no además hacerme sentir y disfrutar lo que esa palabra significaba.
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