Quiso adelantarse, pero el semáforo pasó rápidamente de amarillo a rojo. Así que... apenas logró frenar antes de la senda peatonal. Y justo cuando logró detener el auto (abruptamente) se produjo un silencio por el tema que estaba por empezar.... Y con el que no pudo más que mirarme de reojo y sonreír, ni bien pudo leer su nombre en la pantalla.
No fue intencional, pero sí tal vez fue deseado.
Aunque sea inconscientemente por los dos.
Como si se tratara de un timing divino. Como si nuestros dioses nos estuviesen probando, provocando o preguntándonos directamente si éramos capaces de sostener lo que habíamos decidido... unas horas atrás, en el mismo bar que decidimos vernos más de una vez.
Se escuchó “I'ma care for you” y él puso su mano sobre mi pierna.Y al notar cómo comenzó a erizarse mi piel de forma instantánea, me apretó. Mientras que, tras un largo suspiro, dejó de sonreír para mirarme con total seriedad en silencio.
Siempre nos despertamos cierta electricidad. O puede que mucho más que eso.
Una suerte de magnetismo.
Como si tocarse, sentirse cerca fuese una necesidad... Como dos imanes.
Irresistiblemente rendidos a sentirnos atraídos el uno por el otro.
Sin pensarlo mucho más, tomé su mano. Aquella con la que había decidido encenderme, aquella misma con la que decidió casarse conmigo, en una primera cita y con anillos hechos de papel aluminio del paquete de mis cigarrillos. Pasó de mi pierna a la boca. Y la besé tiernamente. Como si su mano, fuese su boca. O deseando que lo fuera tal vez... hasta humedecerla. Para luego guiarla para que llegara justo debajo de mi ropa interior.
De húmedo a mojado, tan rápido como el cambio del semáforo que nos hizo frenar. Aquel semáforo que nos hizo olvidar, por un momento, que estábamos en la calle. Y que fuimos mucho menos capaces de ver la luz del día que amenazaba con comenzar.
Comenzó a jugar con mi cuerpo, como siempre hizo.
Y pude observar que volvió a sonreír.
Y yo también.
Ya no solo nos estábamos provocando, sino confirmando que ambos queríamos subir la apuesta. Que era necesario. Porque su deseo tenía respuesta. Y que era también… mi necesidad de él.
Mi respiración se aceleraba. Mi cuerpo se movía por su propia voluntad. Y cuando quiso acercarse a mi cuello, más que para besarlo, para intentar desgarrarlo… Abruptamente sonó una bocina en nuestras nucas.
Recién ahí nos percatamos que sobre nuestros cuerpos se posaba una tenue luz verde que nunca fuimos capaces de observar. Volvió a suspirar, volvió a intentar conectarse con la realidad. Lo externo. El tráfico. Llegó a chistar. Y yo me reí. Pero él no emitía palabra.
Y lo entendía.
Lo entendía a la perfección.
Siguió un par de cuadras y sabía que como a mi… le hervía la sangre por dentro.
Así que no pude resistirme más y lo comencé a tocar. A jugar con el cabello de su nuca. Y cuando lo hice… automáticamente puso una luz de giro.
No sabíamos dónde estábamos realmente a esas alturas. Pero si… cómo estábamos.
Tras cambiar el rumbo tardamos poco en encontrar una calle cortada. Y un espacio vació para estacionar. Y fue cuando "You deserve it” que sonaba, que me lo cantó frente a mi cara, mientras parecía afirmarlo con solemnidad.
Como si me quisiese decir, en definitiva, que era no necesario hablar de culpa o responsabilidad por un rato. Como si simplemente... se trataba de no evitar el sentir que nuestros cuerpos, aqellos que eran incapaces de ser controlados. Como si no hubiésemos sido realmente guiados por una especie de fuerza mayor.
Aprovechando la quietud del auto, la desolación de aquél pasaje cortado... me pasé a su asiento. O más honesto sería decir me senté sobre él. Impidiéndole de esta forma -y por esos celos instintivos e irracionales que no existían entre nosotros hacia otra personas, pero sí a todo aquello que nos impusiese mantenernos a distancia- que sus manos estuviesen en otro lugar que no fuse sola y exclusivamente sobre mí.
Producto de la cercanía, sentía su cuerpo. Todo su cuerpo. Y a pesar de que estaba vestido… Lo sentía con la misma claridad, con la misma transparencia como si la ropa no existiera. Ropa que poco a poco fue desapareciendo por capricho y propia voluntad.
Sentía su calor. Sus incuestionables ganas -y las mías- de romper nuestra palabra. Aquella con la que dijimos que no volvería a suceder y que era lo mejor separarnos antes que intentar sostener nuestro vínculo a pesar de la distancia.
Pero no nos cuestioné, porque cuando quise darme cuenta, mis deseos eran nuevamente cumplidos, tal como siempre acostumbraba a hacer. Sus manos rodeaban todo mi cuerpo. Y la decisión parecía olvidarse poco a poco y cada vez más, a medida que me mordía sutilmente, mientras respiración volvía a agitarse junto con la mía.
Era incuestionable que ibamos a querer.
Él lo que yo quería. Y yo, lo que él quisiera también.
Ese siempre fue nuestro código.
Porque en definitiva, le gustaba sentirse mi dueño, mi amo y señor. Y porque en efecto... lo es. Lo fue. y sabía que yo lo dejaba serlo. Yo lo dejaba, lo permitía y lo disfrutaba, al menos hasta esa mañana. Una especie de despedida con reencuentro. O un reencuentro que significaba también un punto final, pero no ibamos a dejar de ocultar la tensión que esa misma dificultad que suponía.
Sus movimientos, la armonía de nuestros cuerpos y sus tiempos, su forma de interpretarme, de leerme sin que tuviese que hablar… todo de él -y con él- me hacía sentir que flotaba.
Y que él estaba flotando conmigo.
Aun cuando estuviésemos siendo sostenidos (y coartados) por los asientos del auto que supo ser cómplice y testigo de nuestro deseo. De esa satisfacción profunda y universal. Aquella que surge del silencio de la mente. Pero también que trae ruido. Ruido que necesita hacer el cuerpo... cuando es atravesado por la pasión.
Y aunque lo sabía, aunque lo sabía desde un principio... recién ahí pude responder su “te amo”. Aquel con el que decidó poner final a nuestra relación por las dificultades que suponía insistir. Pero que esta vez, salió de mi boca primero y sin miedo.
Y mientras apretaba mis caderas y desabrochaba mi corpiño me dijo “yo también y me enloqueces”.
El aire era denso, espeso, nostálgico pero también adrenalínico.
Era nuestro.
Y cuando comienzo a apretar sus brazos, reflejo de saber que ya estábamos al máximo nivel de agitación… me tomó la cara con una mano, me dio un beso lento en la boca, como queriendo sentir mi aliento, o quizás intentando apropiarse de él y me dijo “te amo más. y no te quiero perder”. Aunque sabíamos que no era verdad.
Porque ambos sabíamos… que no nos volveríamos a encontrar.
Supo respetar que no me atreví a preguntar cuánto tiempo duraba el viaje. Porque algo en mí sabía que se iba para no volver. Y que eso también fue el motivo por el que le dije que no lo podía acompañar.
Él tampoco quiso saber por qué yo no quería irme a su lado. Aunque entiendo, que lo pudo intuir tal como yo, por su propio plan.
Por eso, ambos entendimos, que era mejor callar y aceptar ese momento: limitado, incómodo, pero urgente y desenfrenado. Como la vida misma. Como nuestra propia relación.
Y que, en el mejor de los casos, si nos deseábamos lo suficiente, nos encontraríamos nuevamente en nuestros sueños al extrañarnos. Pero que ese auto, esa calle cortada y ese tema en particular también era nuestro final.